Pedagogos de leyenda

En el colegio donde yo estuve estudiando, cuando llovía a la hora del recreo, nos dejaban jugar en el gran vestíbulo de la entrada y en los pasillos laterales. Aquel día, que yo sitúo algún invierno de principios de los años setenta, yo era uno de los muchos que estaba jugando a fútbol en el vestíbulo, porque siempre se jugaba a eso, y en todos lados nos las apañábamos para hacer rodar el balón.

Con tan poco espacio y todos por allí apelotonados era bastante difícil jugar un partido, así que lo único que hacíamos era chutar la pelota cuando teníamos ocasión, y en esas estaba cuando el azar la puso a mis pies y sin dudarlo solté un pelotazo tremendo, con tan mala fortuna que el disparo cogió una trayectoria ascendente y se fue a estrellar contra el cuadro del Jefe del Estado: Francisco Franco que, junto al fundador de la Falange Española de las JONS: José Antonio Primo de Ribera, presidían el vestíbulo. El estrépito de los cristales dejó mudo a todo el mundo, incluido el conserje, que se me acercó y sin mediar palabra me asestó la bofetada del siglo. A continuación, me hizo recoger los cristales, por supuesto sin preocuparse si me cortaba o no, y llevarlos a la basura. Después me cogió del brazo y me condujo hasta el despacho del director; este era un hombre delgado, de traje negro y descolorido, con el pelo peinado hacia atrás y con muchas ojeras. Apenas nos hizo caso ni a mí ni al conserje. El hombre no debió ver intencionalidad política en aquel niño de apenas once años y después de pasarme un rato en un rincón del pasillo me reincorporé a mi clase, bajo la atenta mirada del maestro, que parecía tener las mismas ganas que el conserje de ajustarme las cuentas. La boca apretada bajo el fino bigotillo perfilado encima del labio era una muestra clara, pero se contuvo, debió suponer que el director ya me había metido en cintura.

Sin darme cuenta y sin tener ni idea de política había realizado mi primer acto de protesta contra la dictadura de Franco. Había hecho añicos el cristal de su cuadro y el conserje, como el brazo armado del Caudillo en la escuela, había actuado en consecuencia.

John Rom

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