Cáscara

Nació en la oscuridad, sus ojos apenas habían visto la luz sino la que se colaba por las grietas del  cascarón. Llevaba así un tiempo indecible, su percepción de la existencia o el tiempo era extraña,  quizá la percibía mejor que nadie. Se alimentaba cogiendo los gusanos que reptaban por debajo  de sus pies. El huevo en el que había nacido era su hogar, era todo lo que conocía, ni si quiera  eso; solo conocía la oscuridad de dentro. No necesitaba más, ¿por qué querría más? Pero un día  una pequeña parte de la cáscara se rompió, el agujero que se formó era más grande que ninguno  de los anteriores y mientras las demás grietas tan sólo permitían el paso a delgadas agujas de  luz, este nuevo agujero era una ventana irregular al más allá.  

El bofetón de luz al principio le asustó, pero guarnecido por su cúpula oscura se fue  acostumbrando lentamente. Asomó su ojo a la escotilla y vio extrañas formas verticales con una  especie de nube verde en la copa, se le pasó por la cabeza romper la pared para salir pero seguía  teniendo miedo de la potente luz. Esperó hasta que la luz se fue volviendo más débil y grisácea. Al fin se decidió, hizo un agujero en la parte inferior del huevo y salió reptando. Lo primero que  lo sorprendió fue el color de su cuerpo, su piel escamosa era de color negro (el más familiar para  él), el resto de cosas que percibía debido a la escasez de luz eran básicamente de tonos de  grisáceos, pero para él era muy emocionante, todas esas variedades de verdes, naranjas y marrones apagados. Echó la vista a su ombligo y observó un cuerpo larguirucho con las  extremidades muy largas, pero estaba solo, no veía nada más allá de los árboles que le rodeaban. Durante mucho tiempo nada le había molestado dentro de su cáscara. No concebía el hecho de  que pudiera no estar solo, para él su soledad era cuanto conocía. 

El paso del viento por su lado le sobrecogió, el cielo se cubrió por un manto oscuro y gotas de  agua empezaron a caer con parsimonia. No entendía nada, sentía como si algo pequeño le tocara  sin parar, se sintió tentado de volver al huevo a protegerse de esa sensación tan extraña pero la  curiosidad podía más, quería más. Quería ir tras los árboles y ver que se escondía allí, era como  si la cáscara hubiera sido su primer huevo y ahora ese claro del bosque era su segundo huevo y  después el valle y después… Se adentró entre los troncos, sin embargo la lluvia cada vez  aumentaba un poco más, la emoción le embriagaba tanto que casi ni notaba ya la sensación de  las gotas incluso cuando empezó a llover con fuerza. La tierra se transformaba en pastoso lodo,  pero él solo podía ver el horizonte, los árboles y las montañas de más al fondo y aquello que  parecía un lago como el cielo.

Un rayo golpeó de blanco el paisaje. Se quedó ciego unos instantes, volviendo a la tranquilidad  de lo oscuro, pero lo que vino después del rayo lo aterrorizó aún más, un sonido arrollador, el  trueno. De repente se volvía a fijar en el agua que trepaba por sus tobillos. De los azotes del  viento. Intentó volver al claro y a su huevo, se movía con dificultad pero ya le quedaba poco. Llegó y el huevo ya no estaba, el agua se lo había llevado. Ahora su huevo tendría que ser él.

Rosso

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