The World in my eyes

Los niños entraron corriendo, entusiasmados por enseñarle a su madre lo que habían encontrado.

– ¡Unos walkman! ¡Qué gracia! Están sucios pero me encantan. ¿Dónde los encontrasteis?
– Chuté la pelota súper-fuerte y se fue a parar al bosque. Cuando la fui a buscar, estaba en el camino, cerca de la pelota -contestó enseguida Mariona.

En la mente de la madre sonaba el ruido característico de la tapa que se cerraba tras insertar el cassette, y el chasquido de la tecla Play. Después iban los primeros compases de tantas canciones especiales. Habrían transcurrido fácilmente veinticinco años, pero por un instante, la Sra. Castells volvió a ser Anna.

– ¡Mamá, mamá!, ¿Me escuchas? -la voz melodiosa de la niña la devolvió al siglo XXI.
– Perdona, has hecho que por unos instantes volviese atrás en el túnel del tiempo.

Su curiosidad no cesó ni un instante, y volvió al ataque:

– Pero ¿Para qué sirve?
– Es un walkman. -dijo la madre- Era un gadget que teníamos hace unos cuantos años con el que escuchábamos música allá donde fuésemos.
– ¿Pero no teníais internet? -dijo Manel, pragmático como su padre.
– Bueno, quizás ya existiese, pero no estaba a nuestro alcance. Nos grabábamos las canciones que sonaban en la radio en algo que no os sonará, como las cintas de cassette. También nos copiábamos las canciones de nuestros discos de vinilo o de los de nuestros amigos. Esa era la banda sonora de nuestras excursiones, trayectos al instituto, y de momentos de relax o concentración.
– Va, mamá, ¿Los probamos? -dijo Mariona, interrumpiendo la explicación.
– ¡Venga! Voy a ver si encuentro alguna cinta y unas pilas.

Mientras bajaba las escaleras que llevaban al piso inferior, Anna se preguntaba sobre donde habría ido su cinta favorita que la había acompañado en tantos momentos. Tras encender la luz, puso el objeto sobre la mesa de trabajo, y con un trapo humedecido consiguió quitar las pocas marcas de tierra que se le habían quedado adheridas a la carcasa. Un leve resplandor pareció salir del objeto, pero no le dio mayor importancia. La inquietud de los niños no cesaba, esperando el momento clave.

– Mirad, aquí pondremos estas pilas. Pero, ¿Dónde estarán mis cintas? Vuestro padre con sus ataques compulsivos de limpieza de energías es temible.
– Mamá, ¿Sin cintas no funcionará? -dijeron los niños desilusionados.
– No os preocupéis. Si ahora funciona, iremos a hacerle una visita a los abuelos y les pediremos alguna. ¡Veréis lo que era escuchar música de esta forma!
– Pero mamá, ¿Cómo sabremos si funciona? -preguntaron nuevamente al unisono.
– Ahora lo veréis. Si funciona, ésto girará -en ese momento, la madre apretó el Play, y algo increíble los dejó en silencio.

Como por arte de magia, se apagó la luz y del walkman sonaron los primeros acordes de aquella canción tecno que aquel día llevaba todo el día sonando en su cabeza. Unas luces estroboscópicas dibujaron el holograma de la silueta del grupo sobre la tapa.

Los niños callaron de inmediato. Su madre estaba en otro mundo. De nuevo, aquel día de noviembre de 1990 en el Palau Sant Jordi, y aquel estribillo: Let me show you the World in my eyes.

Hipnotizada por la coreografía del vocalista, cantaba la letra memorizada tras horas y horas de escucha. La suave presión de un dedo le hizo revivir otro momento especial de aquel día.

– ¡Mamá! ¡Mamá! ¿Estás bien? ¡Contesta! -la voz de los niños la trajo de nuevo a la realidad.
– ¡Eps! ¿Qué ha pasado? ¿Dónde estoy?
– Le has dado al Play, han aparecido unos destellos y te hemos visto bailar y cantar. Te estabas divirtiendo, pero nosotros no, ¡Vaya rollo! -dijo Manel.
– Vaya, ¡Pues menuda joya habéis traído!
– Mamá, ¡nosotros también queremos probarlo! -dijeron al unisono.
– Creo que por hoy es suficiente. Lo guardo de momento y lo probamos juntos otro día, ¿de acuerdo?
– ¡Qué rollo! Traemos una cosa divertida y ahora te la quieres quedar tú, y sólo para ti -dijo Mariona.
– No os preocupéis, estará a buen recaudo -decía con una mirada pícara, mientras en su mente llovían títulos de canciones.

Survivor

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