El sueño del universo

Eran las once de la noche de un 10 de marzo. Preparé un café con leche antes de ir a la cama porque quería reflexionar sobre mi trabajo. Hace un par de años, la NASA me había contratado para colaborar en un proyecto relacionado con la existencia de cuencas hídricas que se podrían encontrar en Marte. A las seis de la tarde, encontré una interesante descripción del papel que cumplían las bacterias con respecto a la formación de la atmósfera en la Tierra. A partir de mi hallazgo, formulé la pregunta: ¿Es probable que Marte hubiera seguido la misma historia natural de nuestro planeta? Después de tomar el último sorbo de mi café con leche mire al reloj. Eran las once y media, y ya estaba listo para descansar.
No me sentía muy bien al momento de tomar el nórdico de color blanco con el que siempre me cubría antes de dormir. Tenía una sensación de mareo al momento de tomar la esquina izquierda del edredón. “Quizá sea el café con leche que me tomé hace un momento” dije, pensando que haber consumido el alimento a esas horas de la noche me había hecho daño. Coloqué dos almohadas para evitar cualquier percance con mi cuerpo. Me acosté a mi lado izquierdo para luego cerrar mis ojos, esperando a que el reloj despertador me avise que debo levantarme de los aposentos de Morfeo. Después de un instante tuve una sensación extraña, como si algo me hubiera transportado a otro tiempo y espacio.
Escuché el sonar de una campana, y me desperté. Parecía extraño oír aquel sonido porque donde yo vivía no habían ruidos de ese tipo. Abrí mis ojos y me dije “Pero que es esto, que está pasando”. Una ventana muy pequeña estaba cerca de mi cama. Luego, miré el lugar en el que me encontraba. Me percaté que era un sótano lleno de cosas muy antiguas. Me levanté con horror, y una persona vestida como un guardia medieval entró a mi puerta. “Señor Copernico, no salga, los caballeros teutónicos están quemando el pueblo”. “Me quedaré aquí” dije, sin entender que sucedía. Después de colocarme una túnica, y las sandalias que se encontraban en una alfombra cercana a mi cama, giré la cabeza hacia el lado derecho, y encontré un escritorio viejo. Me senté en la silla próxima a él para indagarlo.
Miré encima del escritorio, y encontré una pintura junto a un libro y a varias hojas apiladas. Tomé aquel fresco por los lados, y le dí la vuelta. Encontré un escrito con letra muy pequeña detrás de ella. “Parece un poema” pensé. Empecé a leerlo, y miré atentamente la primera parte del texto. “Ars Poética de Horacio” decían aquellas palabras misteriosas. Me sorprendí al toparme con tal pieza de arte detrás de aquel lienzo. Sorprendido por tal belleza, empecé a preguntarme las razones sobre por que aquel texto estuviera en aquel lugar. Lo primero que se me vino a la cabeza fue abrir el libro. Lo tomé, y gire la tapa. Al observar atentamente la esquina superior derecha de la primera página, llegué a la conclusión de que en mis manos tenía un diario. “10 de enero de 1520” estaba escrito en el lugar que mi pupila había enfocado toda su atención.
Observé aquella página, y mire que tenía muchos escritos junto a dibujos con esferas. Me llamó la atención que había dos gráficos completamente diferentes. El primero tenía una esfera como un Sol en el centro, mientras que en el otro una esfera lo remplazaba. Fue interesante mirar que el primer gráfico estaba muy marcado. Volví a la página para leer aquellas palabras. “El poema de Horacio esun himno a la búsqueda de la belleza. Para mi aquel poema explica lo bello de nuestro universo” decía el primer párrafo del diario que tenía en mis manos. Recordaba las palabras de aquel texto. Nunca había pensado que el universo podía ser como un poema. Me dirigí al final de la página. “Espero que el libro que acabo de redactar sea aceptado por el Papa Paulo III, porque va dedicado a él. El libro es aquellas hojas que están en este escritorio. Rheticus vendrá en estos días para llevar estas páginas a Nuremberg”. Al terminar de leer, toqué las páginas que estaban indicadas en el diario y me desmayé. Escuche el despertador, y mire hacía mi mesa. Allí seguía la taza del café con leche.

El poeta de las matemáticas

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