No temáis, mortales

Uril había sido escogido de entre los ángeles para descender a la tierra de los humanos. Hacía siglos les mostraron cómo comenzar una civilización, y era el momento de regresar para ver su progreso. Y recibir la adoración de los pequeños seres.
mmm Progreso halló, sí. Pero no encontró adoración alguna. A no ser que esos seres mostraran su respeto huyendo entre gritos. ¿Quizá se sentían intimidados ante tal perfección? Puede que sus líderes reaccionaran con más decoro.
mmm Descubrió que no. Desde luego, llamar al mensajero de tus deidades “monstruo” no era nada respetuoso. ¡Monstruo!
mmm ¿Cómo podía ser? Uril era precioso. Su forma verdadera una obra de arte. Su cuerpo delgado, largos brazos superiores, grandes manos, un ojo en cada palma, seis brazos inferiores de largos dedos, también seis grandes alas a su espalda, y una larga cabeza con su tercer ojo, más pequeño, bajo una amplia boca triangular. Uno de los ángeles más bellos. Nadie lo confundiría con un monstruo. Esos eran los caídos, esos condenados que vivían al otro lado. ¡Nadie tomaría a Uril por uno, si no tenía cuernos en ninguna parte!
mmm Tras mucho deambular recibiendo insultos, encontró un pequeño grupo de criaturitas que se postraron ante él como había esperado. Estaban en un ruinoso edificio, apartados de ciudades. Y todos eran jóvenes.
mmm —¡Oh, amo oculto, has oído nuestras invocaciones! —le dijo uno de ellos.
mmm ¿Sus qué? En fin, les seguiría el juego.
mmm —Somos los Hijos ocultos —siguió el que había hablado—. Pues somos hijos metafóricos vuestros, amos ocultos de la magia prohibida.
mmm —Y porque ocultamos a nuestros padres nuestras reuniones —dijo otro.
mmm —¡Calla! —dijo el primero.
mmm El segundo agachó la cabeza, avergonzado.
mmm —Soy un ángel —les dijo Uril—. Enviado para ver el progreso que habéis hecho en este tiempo con el conocimiento que os dimos. ¿Por qué huyen los demás?
mmm —Bueno, poderoso amo, os temen. Nosotros también, pero le adoramos, y pedimos que nos enseñe sus secretos.
mmm —¡Ya os enseñamos hace siglos! ¿Así lo pagáis?
mmm —Bueno, oh amo, los textos antiguos hablan de amables seres celestiales y crueles monstruos. La mayoría prefiere a los celestiales… ¡Pero nosotros no!
mmm —¡Yo soy un celestial, no un monstruo!
mmm —Espera, ¿en serio? ¿Tú eres un celestial?
mmm —Obviamente.
mmm —Pero… ¿tienes magia prohibida que darnos?
mmm —Tengo conocimiento que ignoráis.
mmm —¡Entonces te adoraremos igual! ¿No, chicos?
mmm Los otros asintieron. Estaba claro que eran un grupo de jóvenes parias. Aunque les pidiera que explicaran la verdad a las otras criaturitas, les ignorarían.
mmm —¿Pero cómo es posible que nos confundáis con un monstruo?
mmm —Bueno, su cuerpo… —susurró un joven— es… monstruoso.
mmm ¿Cuerpo monstruoso? ¿Acaso les asustaba su forma? Si ese era el caso…

mmm En su hogar, los ángeles debatían.
mmm —Los humanos no nos aceptan.
mmm —Más bien nos rechazan. Si no nos insultan, es porque están ocupados huyendo despavoridos.
mmm —¡Son seres inferiores, no comprenden la belleza de nuestra forma! ¡Son indignos de nuestros regalos!
mmm —¡Deberíamos quemar sus heréticas ciudades!
mmm —¿Y si… cambiáramos de forma?
mmm La reunión estalló con aún más gritos, esta vez dirigidos hacia Uril. Hasta que un gran puño golpeó la mesa, silenciándolos.
mmm —¡Seamos civilizados! Uril siempre ha sido un amante de nuestras tradiciones. Permitamos que dé explicaciones antes de condenarlo.
mmm —Gracias, Santo. Como ha dicho nuestro sabio líder, yo amo nuestras tradiciones, y amo mi forma verdadera, tanto como cualquiera aquí. Pero, también se ha dicho que los humanos son seres inferiores, y estoy de acuerdo. Por eso creo que no están preparados para comprender la grandeza de nuestra forma, y que hemos de enseñarles. Poco a poco. Ante sus indignos ojos somos criaturas desconocidas, y ellos temen lo desconocido. Pero, en una forma más parecida a ellos, podrían aceptarnos. Y cuando nos acepten, podremos mostrarles todo lo que podemos ofrecerles. Y entonces, cuando comprendan que somos sus aliados y nos adoren como sus superiores, podremos enseñarles a amar nuestra forma verdadera.
mmm Aquello dejó a los ángeles reflexionando. Y dejar a los ángeles reflexionando no era algo que pasara así como así. Sí, lo había conseguido.

Papa Tormenta

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