Breve tratado sobre la herencia

En el juego de la vida, la evolución es el tablero donde esta crece y se adapta al entorno modificándose a sí misma. Sin embargo, una especie destaca y se erige por encima de las demás, la humanidad.

¿Y cuál es ese don cuyo soplo nos eleva por encima del bien y del mal?

La herencia. La misma que le dio alas a Ícaro para caer al vacío, nos dará la piedra de Sísifo para ser aplastados.

El hombre crece gracias al conocimiento heredado, las generaciones anteriores vuelcan su experiencia en las nuevas y es así como cualquier individuo de, pongamos, unos 40 años biológicos, arrastra a sus espaldas el saber de miles de siglos. La humanidad es una bestia imperecedera que se regurgita para sorber sus entrañas. Inconcebible, pues de sí misma nace y se reproduce. Es el origen de la herencia, exacerbada mutación evolutiva, una masa que devorará fríamente cualquier retazo de individualidad.

Váyanse preparando, mis queridos lectores, para aforismos y analogías en abundancia. Pues la herencia olvidó para nuestro autor otro precioso don, la síntesis.

¡La bola de nieve cuya masa se vierte sobre sí misma, eso es! El fenómeno emergente de la excitación del campo evolutivo que nos lleva a ser una fuerza irrefrenable luchando contra natura. Esa mutación mencionada es un tumor descontrolado sobre el estadio natural de la biología, acumula todos los caracteres sin discriminación alguna, creciendo, a cada paso más hambriento, hasta que por su propio peso se arranque del cuerpo que lo parió y lo mantiene. La misma gula que adoran, engullirá los cerdos en el matadero. Mientras nosotros, dormimos envueltos en sus chillidos.

¿Díganme, en qué punto de esta historia nos encontramos?

Parece… Parece que en el más crítico de ellos… Aquel donde la masa y ambición cancerosa se sustrae del tejido previo, donde la carga de las generaciones anteriores pesa en las nuevas y lo antes fructífero, es ahora sofocante.

¡Y qué tan irónico es! La propia humanidad desarrolla sistemas para ordenarse a sí misma a la manera que la evolución clasifica caracteres para adaptar y perfeccionar a su prole.

Estamos hablando claro está, de los estados, gobiernos y ejercicios del poder. Tal como una célula tiene su lugar, función y demanda energética, se pretende normalizar la sociedad. Sin embargo, esto no es posible debido a la naturaleza caótica de nuestro sistema. Mientras la evolución se muestra como una gráfica lineal, la exponencial herencia (metaevolución) es asintótica. Debido a ello no puede ordenarse mediante un filtro de valor fijo y como consecuencia, las nuevas generaciones se ven perdidas, sin saber el lugar a ocupar. El cáncer
ha crecido tanto que ya nada tiene que ver con su origen.

La carga, las opciones y las presiones que acarrea el eterno legado y el intento de organización de estas, se transforman en angustia y desamparo a los ojos de los más nuevos. Ahora mismo, un joven de 20 años carga el peso de sus antecesores sin poseer la fuerza determinada para arrastrarlo, y más aún, o bien de tantos caminos se ve incapaz de escoger uno, o bien se le impone otro que no puede recorrer. Ridículo.

¿Es esto todo? ¡Por supuesto que no señores!

Por si fuera poco también existen consecuencias médicas del asincronismo entre evolución y herencia. Seres débiles, tanto inmunológica, física como mentalmente. Contrarios a otras especies somos propensos a la enfermedad, los rápidos y diversos cambios en estilo de vida y dieta no han dado tiempo a los genes para adaptarse, y eso se amplifica al permutar la selección natural por una nueva selección subjetiva, una que promueve la diversidad sin lógica evolutiva y frecuentemente da a luz fenotipos más débiles que los anteriores.

Retomando la analogía del cáncer que se divorcia de su cuerpo al más puro estilo heroico, la especie humana no es más que un adolescente ambicioso emancipándose de su tribu y tratando de poner orden a su caos interno.

El pequeño héroe que navega para volver hecho hombre. Pero en la realidad el adulto nunca acaba formándose más allá de añadiduras y detalles difusos. Es por eso que cuando el héroe vuelva, incompleto, embarcará en otro navío. Buscándose así eternamente en un mundo que no es epopeya, sino tragedia.

Brownie

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