Koan

Una fría noche de primavera, el joven aprendiz Kenjiro, tras ver que no era capaz de obtener frutos de la meditación, le preguntó al maestro Sengai:

– Llevo mucho tiempo siguiendo sus enseñanzas en este templo y, sin embargo, no creo estar acercándome a alcanzar la esencia del zen, ¿qué debo hacer?

– Es tarde –replicó Sengai– mañana iremos a la montaña.

El trayecto era largo, así pues, el pupilo preparó todo lo necesario antes de dormir. Y al despuntar el alba, salió en busca de su viejo mentor.

Lo encontró sentado sobre una piedra, meditando profundamente. Prudente, Kenjiro decidió no importunarlo y se sentó a esperar bajo un ciprés. Pasaron las horas y el rostro de Sengai permanecía inmóvil, así que el alumno decidió iniciar el viaje en solitario.

Cuando por fin llegó a la cima del monte, Kenjiro se detuvo. Confiaba en sentir algún estímulo que le hiciera momentáneamente despertar y entrar en contacto con la naturaleza. Acercarse al Dharma. En su lugar tan sólo contempló la densa niebla.

De regreso al templo, Kenjiro tropezó con Sengai y sus discípulos mientras cenaban y, visiblemente frustrado, se mantuvo en silencio. El maestro le miró y dijo:

– La única forma de llegar a la montaña es apartándose del camino.

En ese instante, Kenjiro se iluminó

Moe Szyslak

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