Doug el Farero

«¿Qué haces en mi casa, bastardo? ¿No me estarás robando?», voceó Bernard, sorprendiendo a Arthur. «No, no, yo venía a hablar con usted», titubeó. «¿De qué vas a querer hablar conmigo? ¡Maldito ladrón, llevo suficientes años en esta vida como para ser engañado por un mocoso como tú! ¡Fuera de aquí!». El muchacho, reuniendo todo el coraje del que fue capaz, le explicó: «Soy hijo de Albert, del Fishhook. Estoy buscando información acerca del faro y mi padre ha dicho que usted podría ayudarme». Al anciano le cambió la expresión por completo. Hizo un gesto indicando que subiese a bordo e invitó al joven a tomar asiento. «¿Qué información necesitas exactamente?», añadió Bernard en un tono más apacible mientras le servía un zumo de naranja. «Me podría explicar su historia? Toda la información que he recogido hasta ahora me ha llevado hasta usted». El viejo murmuró algo a en voz baja y respondió:

«Verás… En el recóndito faro, vivía un hombre igual de misterioso. Era una persona solitaria, así que la ubicación de la isla y las tareas que tenía encargadas, resultaban ser idóneas para él. No era alguien sociable, no obstante, le entusiasmaba la idea de tener una responsabilidad tan importante. Una mañana como cualquier otra, Doug se levantó a encender la linterna y ésta se iluminó con poca intensad. El farero no le dio mucha importancia y continuó alumbrando a las embarcaciones día tras día. Un amanecer, para su asombro, la luz se había desvanecido completamente. Ese brillo era su reflejo. Doug se sentía más desolado cada día que pasaba. Hasta que, simplemente, dejó de sentir.

Con el fin de conectar con su ser, se miraba al espejo cada mañana, mas no se reconocía. De su anterior felicidad había brotado una indiferencia que posteriormente se transformó en una insaciable tristeza. Pese a no reconocerse en la reflexión del espejo, sus pensamientos mantenían el faro, que era lo único de verdadera importancia para Doug. Ese lugar era su alma, su esencia.

Cuando encontraba un momento de paz, la luz de la bombilla se prendía al menos por unos instantes, aunque no podía guiar a ningún marinero. Se empezó a plantear su fin, si realmente era beneficioso seguir manteniendo a una lámpara moribunda que no hacía ningún bien. A medida que pasó el tiempo, el hombre fue descubriéndose a sí mismo, pero en su estado, cuando creía saber quién era, se derrumbó. Quería volver a ser ese inocente joven que se sentía útil y radiante. Para intentar volver a vivir la vida que tuvo decidió dejar de mirarse al espejo, para entumecer sus sentidos. Desgraciadamente, al ir a tomar un poco de aire fresco se encontró con su reflexión de nuevo, pero esta vez en el mar, que rompía con fuerza. Rompió su conexión a su mente para hallar un portal a la fortuna que creía desear.

Extrañamente, el mar le atraía y, de alguna forma, esa atracción le hacía plantearse atravesar su propio reflejo. Un día, el farero le sonrió a su imagen, intentando saciar su soledad y vio a la persona que quería ser. Se sentía sin vida. Sin embargo, su reflexión era de lo más alegre. Eso indignó a Doug, que dio media vuelta y se agachó. Agarró una piedra y la lanzó airadamente contra su silueta y así lo hizo repetidas veces, hasta la última, que la dejó caer. Esta vez, el guijarro se hundió más lentamente y fue enterrado por las olas. Eso dejó pensativo al chico, que se dirigió a lo alto de la construcción. Raramente el farero sentía algo, pero en ese momento extrañó a su hermano pequeño, así que le escribió una carta, que le envió junto a una preciosa piedra roja.

Se despertó al día siguiente, sin fuerza alguna. Doug sintió la llamada del mar, nuevamente. Pese a sentirse vacío, anduvo hasta el sitio en el que el mar y él se fusionaban. Ya no pensaba ni sentía, tan solo se movía hacia el borde del acantilado. El viento soplaba, acariciando su piel y haciendo bailar su rubia melena. Se sintió poseído, sin vida y más vivo que nunca. Dio un enérgico paso hacia delante y sintió la euforia de la caída. La sangre de su impacto en las rocas alimentó a su guardián, que le mantuvo vivo en su linterna. Tras ese día, el faro ha permanecido encendido y un enigma para cualquier navegante».

Favarai

Deixa un comentari

L'adreça electrònica no es publicarà. Els camps necessaris estan marcats amb *