El último viaje: En busca del tiempo perdido

Un viejo Beetle avanza en contra de dirección a gran velocidad por la autopista A-7 de Girona. Al llegar a una curva cerrada muy pronunciada, el conductor del vehículo patina sobre el resbaladizo firme, perdiendo inevitablemente el control, saliéndose estrepitosamente de la carretera. Los efectivos de la policía y ambulancias no tardan en llegar hasta el lugar del accidente.

Se conocieron en la Complutense de Madrid en 1977. Miguel cursaba el último año en Lengua y Literatura en la Facultad de Filología. Marcel era el coordinador de un seminario con motivo de la Semana Cervantina. Marcel, que le doblaba la edad – por entonces tenía cuarenta y cuatro años-, vivía una experiencia como profesor visitante, y había solicitado la cooperación de algunos alumnos en la organización de los talleres.

Una tarde, en el café Gijón, y tras una de las reuniones de coordinación del grupo de estudiantes, Marcel y Miguel se quedaron solos mientras conversaban animadamente sobre literatura. Miguel, que se sentía inexplicablemente atraído por el seductor carácter de Marcel, comentó su admiración por la obra de Proust. Lo consideraba un gran genio, del que destacaba el modo en que este trataba abiertamente el tema de la homosexualidad en su famosa novela “En busca del Tiempo Perdido”.

Entre copas de vino tinto y tapas de pincho de tortilla, conversaron hasta que el local cerró sus puertas. Aquella noche, en el piso que Marcel tenía alquilado en el barrio de Malasaña, escenificaron como protagonistas su propio guion de Sodoma y Gomorra. El experto profesor y el aventajado alumno se entregaron sin mesura, con pasión y gozo, al sexo sin medida.

El romance y el curso finalizaron al mismo tiempo. Marcel regresó Paris, y Miguel, entristecido permaneció en Madrid, donde había conseguido una plaza como profesor asociado en la Facultad de Filología. Se carteaban con frecuencia al principio, hasta que la comunicación cesó cuando Miguel conoció a Matilde, una joven médica burgalesa con quien contrajo matrimonio. Todo parecía ir bien, pero con el transcurso de los años su matrimonio empezó a languidecer. La pareja vivía desapasionadamente su relación, y el peso de la melancolía se había convertido en una gran losa que socavaba los cimientos de su relación.

En el otoño de 1995, y de manera inesperada, recibió una llamada de Marcel. Miguel creyó desmayar al oír su voz. Su respiración al otro lado del hilo telefónico sonaba fatigada, y su voz entrecortada llegaba como un quejido ronco. Marcel estaba muy enfermo y tuvo el impulso de hablar con Miguel. Tal vez, pensó, no tendría otra oportunidad.

Miguel sintió dentro de sí que el destino le estaba poniendo a prueba. Habló con Matilde; ella siempre lo intuyo. Sólo le quedó dejarle partir.

Miguel llegó a París tan sólo una semana después de recibir la llamada de teléfono. Se instaló en el piso que Marcel tenía en Montmartre y se dispuso a cuidar de él. Durante dos largos años, Miguel vivió por y para atender a Marcel, quien recibía un tratamiento experimental de retrovirales. Marcel se restableció milagrosamente, tanto que volvió a reemprender sus clases en la universidad, mientras que Miguel se las apañaba muy bien como traductor en una editorial de renombre de la capital parisina.

Han transcurrido casi 30 años en los que Miguel y Marcel se han profesado una lealtad sentimental y cariño fuera de toda duda. En la búsqueda del tiempo perdido en su juventud, como si de un homenaje a la obra de Proust se tratase, Miguel y Marcel recorren con su viejo Beetle diversos lugares del sur de Europa.

En la página de sucesos de un diario del 9 de abril de 2021, encontramos la siguiente noticia: “El macabro tour europeo de un conductor kamikaze de 66 años con un cadáver de copiloto. Cuando los agentes proceden al registro del vehículo accidentado, descubren en el asiento delantero del acompañante, y cubierto bajo una manta, el cadáver de un hombre de 88 años. De inmediato arrestan al conductor, que les explica que era su pareja y que lo amaba mucho. Cuando se le preguntó por qué circuló contrasentido y con el cadáver, el hombre sólo acertó a responder que no se había hecho la PCR.”

BUKOWSKI

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