Perdido en la niebla

La niebla no era tan espesa como otras veces, pero las escaleras que se encontraban delante de él apenas podían distinguirse.

Los escalones eran de piedra, llenos de imperfecciones y rugosidades, al pasar la mano por ellos el frío y la humedad te mordían la piel.

Los había mirado cientos de veces, miles, siempre con la indecisión de empezar a bajar por ellos hacía esa oscuridad que le llamaba, que gritaba su nombre.

Cruzar la puerta de cristal contra la que se arremolinaba la niebla, como si fuese humo formando figuras sin forma, era sinónimo de libertad. Una libertad que nunca había conocido, que le era completamente desconocida, pero que en su boca sabía a miel.

La estancia era amplia, podía verse perfectamente a través de los enormes ventanales cuando la niebla no lo cubría todo. Había escalones que subían y bajaban, que cruzaban la estancia de esquina a esquina. Había puertas por toda la pared, algunas conectadas con las escaleras, otras puestas al azar aquí y allá. Podía describir con total detalle la habitación, había estado torturándole desde el día que llegó al complejo.

¿A dónde daban las escaleras? ¿Quién las utilizaba? ¿Por qué había puertas que nadie podía usar? ¿De dónde procedía la niebla? Nadie sabía responder sus preguntas.

De pronto unos pasos lentos al otro lado del pasillo le sacaron de golpe de sus ensoñaciones, haciendo que su corazón se acelerara. Tenía que elegir, era ahora o nunca.

Tiró de la manecilla de bronce pulido, haciendo que la madera de la destrozada puerta crujiera. El frío y la niebla le besaron las mejillas nada más poner un pie dentro. Los primeros escalones fueron rápidos, parecían sacados directamente de la pared. La oscuridad del fondo no cesaba, no podía verse nunca que había más allá de los próximos diez escalones.

No tardó en perder la noción del tiempo y del espacio. Todo era igual, negro, gris y frío. Recorrió escalones, cambió de rumbo, subió, bajó, viró a derecha e izquierda, huyendo sin rumbo fijo de una vida que hacía mucho que había dejado de pertenecerle.

Se encontró a sí mismo parado en un rellano recuperando el aliento. No había más que una puerta de madera delante suyo.

Respiró profundamente y abrió.

Era una estancia cuadrada, apenas iluminada por la escasa luz que se filtraba por las rendijas de las ventanas.

Al fondo había un espejo, al que se acercó caminando con lentitud, saboreando la imagen que se presentaba ante él.

El pelo, de color negro como la noche, apuntaba en mil direcciones. Una barba rala cubría su mentón y mejillas. Iba vestido con un uniforme formado por pantalones anchos y una camiseta de algodón de color turquesa con pequeños toques rojos.

Se acercó más, hasta poder ver con claridad lo que llevaba colgado de la mano.

Las facciones eran suaves, dulces, apenas estaba desfigurada.

Miró atónito la cabeza que colgaba de la rubia melena que había sostenido durante toda su travesía. Cómo si fuera la primera vez que la veía, como si no hubiera sido culpa suya. Entonces los recuerdos llegaron en torrente, junto con el olor de la sangre.

– Le he encontrado. – Tronó una voz a su espalda – No sigáis buscando a Leticia, también la he encontrado a ella, aunque no como nos gustaría.

Asqueado por lo que acababa de hacer soltó la cabeza de Leticia, que rebotó en el suelo con
un sonido espantoso, y chilló hasta que le ardieron las cuerdas vocales.

Lemar

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